Intrusos en casa y otras impotencias
09 Ene 2017
Patente de corso
Hace
unos días, al anochecer, dos ladrones se pasearon por el jardín de mi
casa. Uno de ellos, incluso, llegó a introducirse por una ventana
semiabierta y penetró en el interior. Estábamos viendo Perdición
en la tele y nadie se dio cuenta hasta que Rumba, la perra, alzó la
cabeza, gruñó y se lanzó hacia el pasillo, seguida por Sherlock. Cogí la
escopeta de caza y la linterna, hice clac-clac metiendo un cartucho de
postas en la recámara –no sabía lo que iba a encontrar, y estoy mayor
para que me inflen a hostias–, pero el intruso ya se había largado. Así
que, tras asegurarme de eso, salí al jardín a echar un vistazo. Pero no
había nadie. Los dos fulanos habían saltado el muro, largándose. Así que
telefoneé a Picolandia por si entraban en otra casa cercana, guardé la
escopeta, cerré la ventana, conecté la alarma, acaricié a los perros y
seguí viendo la peli, resignado. Se preguntarán ustedes cómo sé que los
asaltantes eran dos. Y la respuesta está chupada: los vi luego en las
cámaras de vigilancia. Las imágenes eran todo un espectáculo, pues se
veía perfectamente como los malos saltaban el muro con una tranquilidad
asombrosa, cual si no les preocupase que los vieran o no. Caminaban
rodeando la casa mientras buscaban cómo entrar. Lo hacían sin
esconderse, con toda calma, charlando entre ellos mientras comentaban la
jugada, esta ventana sí y aquella no, cómo lo ves, colega, etcétera. Ni
siquiera se agachaban, y miraban las cámaras –llevaban gorras que les
ocultaban la cara– sin esconderse, con ganas de saludar. Y al llegar
ante la ventana iluminada del cuarto donde veíamos la tele, se
detuvieron un buen rato, estudiándonos. Una familia y dos perros
absortos en Fred McMurray, Bárbara Stanwick y Edward G. Robinson. Pan
comido, compañero. Ningún problema. Así que siguieron dando la vuelta,
vieron entreabierta una ventana en la cocina, uno ayudó al subir el
otro, y éste se coló por ahí. Como por su propia casa.