Un homenaje a mis queridas, máquinas del pasado.
No hay día en la que te acuestes sin haber aprendido algo. Así reza el refrán popular y yo procuro, en la medida de lo posible, hacerlo realidad, llevarlo a sus últimas consecuencias.
Como ya aparece en otros sitios, o séase entradas, de este blog, la fotografía es algo inherente a mi personalidad. Ha ido acompañándome desde que tengo, si no uso de razón, si posibilidades económicas para disponer de una cámara fotográfica.
Se me va el recuerdo pensando en mis primeras máquinas de carrete, analógicas: mi primera Werlisa color, la Canonet 28 y luego la preciosidad de la reflex Canon AE1, que tan buenos momentos me dió y con la que me inicié en el campo de las diapositivas.
Con esta última cámara, pude asomarme al mundo de la fotografía profesional, y digo asomarme, nada más. Con ella disfruté de un flash maravilloso, y dispuse de un gran angular y de mi primer teleobjetivo Tamrom. ¡Qué buenos tiempos aquellos los de mi AE1!
¡Qué incertidumbre llevar a revelar los carretes para saber cómo habían salido las fotos!, y es que el revelado tocaba bien en el bolsillo.
