De la movida mahometana me quedo con una foto. Dos jóvenes tocados con kufiyas alzan un cartel: Europa es el cáncer, el Islam es la respuesta.
Y esos jóvenes están en Londres. Residen en pleno cáncer, quizá porque
en otros sitios el trabajo, la salud, el culto de otra religión, la
libertad de sostener ideas que no coincidan con la doctrina oficial del
Estado, son imposibles. Ante esa foto reveladora –no se trata de
occidentalizar el sano Islam, sino de islamizar un enfermo Occidente–,
lo demás son milongas. Los quiebros de cintura de algunos gobernantes
europeos, la claudicación y el pasteleo de otros, la firmeza de los
menos, no alteran la situación, ni el futuro. En Europa, un tonto del
haba puede titular su obra Me cago en Dios, y la gente protestar
en libertad ante el teatro, y los tribunales, si procede, decidir al
respecto. Es cierto que, en otros tiempos, en Europa se quemaba por
cosas así. Pero las hogueras de la Inquisición se apagaron –aunque algún
obispo lo lamente todavía– cuando Voltaire escribió: «No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo».