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sábado, octubre 12, 2019

Adicto a la Alpujarra:"alpujarradicto"


Dedicado a mi María.
A Eva y Antonio, los dos "alpujarradictos", que me siguen en mi manía.
A toda la gente que vive y siente la Alpujarra en sus adentros.



Siiii..., (lo puedo decir más alto, pero no más claro), soy "alpujarradictoooo...", vamos adicto a la Alpujarra.

Cada vez me gusta más regodearme e impregnarme (física y mentalmente) con los sencillos y bellos matices que la Madre Naturaleza ha regalado a esta bendita tierra Alpujarreña… disfrutar de sus asombrosos, luminosos y espectaculares paisajes… caminar, hoyando y vagando por sus ancestrales senderos... siempre a la búsqueda de alguna ondina legendaria, pequeña y bella habitante del fondo de algún río, riachuelo, arroyo, regato, acequia, alberca, nacimiento, fuente, surgencia, abrevadero, chorrerón, balate o poza (profunda, insondable, misteriosa…).

Lo mismo que le sucede o sucedió a sonados "alpujarradictos" que yo conozca, como por ejemplo a los periodistas Andrés Cárdenas ("Crónicas de la Alpujarra, para no pasarse tres pueblos") o a Eduardo Castro (La Alpujarra en caballos de vapor"), sin olvidar a "Don Geraldo" (Gerald Brenan, "Al sur de Granada") y a Pedro Antonio de Alarcón, que desde su Guadix natal, "parió" su magistral obra: "La Alpujarra (sesenta leguas a caballo, precedidas de seis en diligencia)".

Estoy seguro de que hay muchos más "alpujarradictos", no con tanta fama, pero sí con la misma pasión por esa región histórica situada en la ladera sur de Sierra Nevada, a caballo entre las provincias de Granada y de Almería.

Y es que el otro día cuando me dijeron: "Chiquillo, que manía tienes con la Alpujarra, no te va a quedar rincón ni pueblecillo por conocer". Me hizo pensar… ¿será que me he convertido en "alpujarradicto"?. Y como decía aquel amigo mío: "Maestro, ¿eso es bueno o malo?".

Lo que me pasa es que el cuerpo me pide (y cada vez más…), volver por esa tierra a ver sus colores, contemplar esos paisajes, de tonos verdes, de todos los verdes que te puedas imaginar; la silueta de las grandes cumbres, algunas veces cubiertas del radiante blanco de la nieve recortada sobre el horizonte azul celeste del cielo; mires para donde mires disfrutas de una armoniosa sinfonía de colores, marrones férricos, oscuros pizarrosos y claros blancos de luminosa cal… colores "mutantes"... que se perciben y se sienten de modo diferente según la época del año.


Y esos rincones y sitios "energizados", puntos en los que se siente fluir la energía vital de la Naturaleza..., esa sensación, la noté "a flor de piel" al contemplar las ruinas de la vieja Mezquita de Busquístar, donde al cerrar los ojos imaginé oír la cantarina voz del almuecín que, desde lo más alto del alminar de la venerada mezquita, llamaba al rezo, al sonoro grito de "Bismilah al Rahman al Rahim" ("En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso") que siento como vuela... ondulándose… como "reverberando" en el aire, como derramándose por todos y cada uno de los rincones de estas tierras de La Tahá y Busquístar, o en el lugar donde se encuentra el centro de retiro y meditación budista "O Sel Ling", o en la plaza de la fuente de Atalbéitar, o en la plaza de la iglesia de El Golco, o en el "rincón dorado" del río Bermejo, o en el lavadero de Capilerilla...


Y el agradable rumor del agua... que corre, pura, sonora, cristalina, alegre, saltarina, gratificantemente fresca, rica y sanadora del cuerpo y del alma. Yo conozco a algún "alpujarradicto"... que también es "aguadicto", lo que se dice un "aguadicto alpujarreño", para el que no hay pilar, chorro, manantial o fuente que no se merezca un largo trago en el jarrillo de lata y no para de beber y beber hasta que no divisa su faz en el fondo de su culo plateado.


Y los pueblos apelmazados, cogollos luminosos y resplandecientes de blancura de cal, de callejas enrevesadas, estrechas y empinadas, con barandillas de hierro forjado que ayudan en el bajar y subir cotidiano, cuestas (antes empedradas ahora cementadas), placetillas recoletas plenas de coloridas macetas, fuentes de varios caños de frío metal en el centro, de sorpresa constante cuando te las encuentras, tinaos protectores, ese maravilloso invento para guarecerse, junto al animal amigo de las inclemencias del tiempo: del sol, del frío viento, de la lluvia y de la nieve. Chimeneas erguidas y humeantes sobre los "terraos" (tejados planos de impermeable launa), otro descubrimiento morisco que hace que no cale el agua y a la vez sirva de solar y sitio donde secar higos, almendras, uvas pasas o lo que encarte. Ristras rojas de pimientos en los balcones o en las ventanas, combinados con los colores de la ropa tendida, todos conviviendo y aireándose juntos y a la vez.


Y la comida alpujarreña, que eso si que engancha el estómago, después de darle castigo al cuerpo caminando por estas encrespadas tierras en las que el llano casi no existe, ni se conoce. Tengo retazos de recuerdos de olores y sobre todo de sabores en mi mente: el entrecot a la brasa y la gran fritura de verduras autóctonas de "El Cadí" o los dulces de Servando, en Cádiar; el "arroz liberal" de Ugíjar; la tortilla de tirabeques de "El Puente" en Válor; el puchero de hinojos del "Lújar" en Pórtugos; el gran bizcocho lleno de olor pleno de esponjosidad recién hecho de Almegíjar; la espléndida ensalada y plato alpujarreño de "La Artesa" de Bubión; el tomate picado con ajillo y el jamón y el queso de la "Casa Paco" en Busquístar; el desayuno a base de cerveza fresquita y tapas de tocino a la plancha en Cherín; el vino del terreno que nos vendió la abuelilla de Laujar de Andarax; la fruta cogida al filo del camino: los higos catalogables, las dulces moras maduras que te manchan los dedos, las nueces primero rebuscadas y luego partidas con dos piedras junto al sendero... ¿Es que no es para engancharse?

Y mi cariño especial por las acequias, las acequias de careo, que recargan veneros y nutren manantiales, como las de Lanjarón, las del Poqueira, las de Busquístar, la de Almegíjar... Y las numerosas acequias de riego (como las de Órgiva) que por doquier fertilizan paratas y bancales, fértiles huertas y huertecillos trabajados con mucho mimo y abundancia de sudor, al viejo estilo heredado de aquellos moriscos que metieron en labor a esta tierra agreste, salvaje y dura.


Me viene también a la mente, esa espectacular obra publicada por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía que tanto me ha enseñado sobre la vida que se genera en torno de una acequia en la Alpujarra, el Manual del Acequiero que puede leerse y disfrutarse haciendo clic aquí>>>

Y mis adoradas escarihuelas o corregüelas, deformación al decir la palabra escaleruela (derivada de escalera) esas obras geniales de arcaica ingeniería rural, caminos y senderos diseñados a paso tranquilo de sapiente borriquillo, muy sinuosos para salvar terrenos muy empinados, con base de piedras en el suelo, de escalones desgastados por el paso del tiempo, de mucho tiempo, ya que algunas de ellas ya aparecen en escritos anteriores al siglo XVI y por supuesto a la llegada de los primeros repobladores cristianos a la Alpujarra.


En mi mente no desaparece el hecho grandioso, de cómo, con unos pocos pasos se coge una gran altura, se abre el paisaje y las vistas se vuelven espectaculares, a modo de pájaro, todo se va ampliando conforme subes y se cierra al bajar. Curvas miradores, remansos para el respiro, que te invitan a alargar la vista y a perderse en horizontes lejanos de profundidad infinita. Si cierro los ojos y pienso en escarihuelas, sin más remedio, se me vienen a la mente retazos de la Escarihuela del Portichuelo de Cástaras, la de Panjuila de Ferreirola o la de las Minas del Conjuro en Busquístar. La Alpujarra se comunicaba de valle a valle, de barranco a barranco, gracias a sus escarihuelas, y después de tantos cientos de años sigue siendo el camino a pie más rápido de acceso entre localidades vecinas. Es una pena que ciertos vehículos de dos ruedas las estén erosionando más rápido de la cuenta. Lanzo la voz, desde aquí para que... ¡Cuidemos y salvemos nuestras escarihuelas!


Y la gente, las personas mayores (por desgracia niños apenas quedan por estos lares), esos abuelillos que están deseando encontrarte para hablar, echar una parrafada de cómo está el campo, de cómo era la vida antes; o esas abuelillas que orgullosas se refieren a sus coloridas macetas cuidadas con todo el primor del mundo, que te explican con todo lujo de detalle la comida que van a tomar al mediodía, que te abren la iglesia para que la veas, que no recuerdan su fecha de nacimiento con exactitud, pero que te hablan de sus hijos y nietos como si uno los conociera de siempre plenas de maternal amor y cariño. Ese es el tesoro más grande que tiene la Alpujarra, sin lugar a dudas, su gente enraizada con fuerza a sus "cosas": a su familia, a su casa, a su terruño, a su añorado y mejor pasado, depositarios de ancestrales tradiciones, sabedores de que el presente les conduce a un futuro incierto, de pueblo fantasmal y deshabitado. Gente abierta, acogedora, afable, amable, cálida… pero también a la vez, curtida, dura y (por desgracia) resignada a lo que esté por venir...


Y para finalizar (cosas mías), me queda únicamente lanzar un último alegato a todos esos fieles perrillos y perrillas, que alertan incansables con sus sonoros ladridos, que vigilan, espabilados y nerviosos, al ganado, que guardan y protegen sus cortijos, sus tinaos, sus apriscos, sus terrenos, que avisan con la debida antelación de su presencia, pero que siempre, siempre..., están "ávidos de cariño"... y al acercarte afectuoso a ellos mueven enérgicos su rabo (al mismo ritmo que su amoroso corazón), agachan humildemente la cabeza y se tumban cerca de tu mano para que les arrasques la barriga, y si te descuidas te siguen tras tus pasos, orgullosos, felices y contentos, acompañándote amistosos un buen tramo del camino (a modo de escolta).


Y al igual que el toro en la plaza, tras la suerte de varas tiene querencia a las tablas, yo irremediablemente, acudo una y otra vez a ésta Alpujarra querida, como una dulce y preciosa obsesión, cada vez que surge la oportunidad, para volver a empaparme con su hechicero embrujo… sintiendo siempre, pero siempre, siempre, una grata y deliciosa sensación "filialpujárride" imposible de contener...

Después de todo esto, concluyo (con más ímpetu y convicción si cabe): ¡Si, pues sí, soy "alpujarradicto", lo confieso!.

Posdata. Si te apetece conocer mis andanzas alpujarreñas puedes hacerlo visitando los siguientes enlaces:
- Ruta de Boabdil>>>
- Rutas del 450 Aniversario del Levantamiento Morisco>>>
- Senderismo por la Alpujarra>>>

Mi Sangrilhá

Mi Sangrilhá
Mi amiga Ayes Tortosa dice que este es su Sangrilhá, yo me sumo a esa idea y me declaro habitante entusiasta de ese mundo.