En esta entrada, quiero compartir dos piezas fundamentales que exploran las dos caras de ese vínculo: el goce de la vida compartida y el vacío rotundo que queda tras la partida.
1. Oda al perro: El espíritu en movimiento
En este poema, Neruda celebra la vitalidad. Nos presenta al perro como un ser que no necesita palabras ni complicaciones existenciales para ser feliz. Es una oda a la lealtad incondicional y a esa alegría explosiva que solo un animal puede entregarnos sin pedir nada a cambio.
2. Un perro ha muerto: El adiós sin pretensiones
Posiblemente uno de los poemas más honestos sobre el duelo animal. Aquí no hay cursilerías ni falsos consuelos. Neruda escribe desde el jardín, frente a la tumba de su amigo, reflexionando sobre la "independencia" de ese perro que nunca fue un sirviente, sino un compañero de ruta. Es un recordatorio de que, aunque el poeta no crea en paraísos humanos, está casi seguro de que existe uno para los perros, donde él espera volver a encontrarse con el suyo.
"Mi perro me mira, con ojos que me traen la luz de un mundo que no conozco."
Los invito a leer estos versos con el corazón abierto, especialmente si alguna vez han sentido el frío de una nariz húmeda contra la mano en un día gris.
Los Poemas
Ya hace tiempo que dejé en este blog el poema "Un perro ha muerto", así que pego el enlace aquí>>>
Y ahora sin más copio "La Oda al perro".
El perro me pregunta
y no respondo.
Salta, corre en el campo y me pregunta
sin hablar
y sus ojos
son dos preguntas húmedas, dos llamas
líquidas que me interrogan
y no respondo,
no respondo porque
no sé, no puedo nada.
A campo pleno vamos
hombre y perro.
Brillan las hojas como
si alguien
las hubiera besado
una por una,
suben del suelo
todas las naranjas
a establecer
pequeños planetarios
en árboles redondos
como la noche, y verdes,
y perro y hombre vamos
oliendo el mundo, sacudiendo el trébol,
por el campo de Chile,
entre los dedos claros de septiembre.
El perro se detiene,
persigue las abejas,
salta el agua intranquila,
escucha lejanísimos ladridos,
orina en una piedra
y me trae la punta de su hocico,
a mí, como un regalo.
Es su frescura tierna,
la comunicación de su ternura,
y allí me preguntó
con sus dos ojos,
por qué es de día,
por qué vendrá la noche,
por qué la primavera
no trajo en su canasta nada
para perros errantes,
sino flores inútiles,
flores, flores y flores.
Y así pregunta el perro
y no respondo.
Vamos hombre y perro reunidos
por la mañana verde,
por la incitante soledad vacía
en que sólo nosotros existimos,
esta unidad de perro con rocío
y el poeta del bosque,
porque no existe el pájaro escondido,
ni la secreta flor,
sino trino y aroma
para dos compañeros,
para dos cazadores compañeros:
un mundo humedecido
por las destilaciones de la noche,
un túnel verde y luego
una pradera,
una ráfaga de aire anaranjado,
el susurro de las raíces,
la vida caminando,
respirando, creciendo,
y la antigua amistad,
la dicha
de ser perro y ser hombre
convertida
en un solo animal
que camina moviendo
seis patas
y una cola
con rocío.




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